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viernes, 3 de enero de 2014

Restaurante Savor

  Fuensalida era hace dos décadas, con el permiso de Elche, la capital del calzado. Se contaban por docenas las fábricas de zapatos y por cientos los trabajadores que venían a diario de pueblos vecinos. Con la "invasión" de calzado chino, la inmensa mayoría de fábricas cerraron y el negocio se reconvirtió en la venta al por menor de calzado, no necesariamente hecho aquí, ni en España.
  Es precisamente en la "calle de las zapaterías" (Avenida Cristo del Amparo) donde se encuentra ubicado el Restaurante Savor, en lo que hasta no hace mucho fueron los Salones Mily. 



Al tratarse de unos salones de boda, el espacio es enorme y se utiliza como bar, restaurante, discoteca... casi a la vez. Precisamente para intentar paliar la sensación de "hospital robado" han tratado de acotar el espacio con lonas a modo de "photocall" y cortinas de diversa índole y estilo aprovechando las numerosas columnas de la sala. El mobiliario, quizás por lo desmesurado del tamaño del local, combina sillas de tres clases diferentes, mesas bajas  modelo "Lack" de Ikea de 9.95 euros, taburetes, sillones bajos, una máquina de dardos, una vitrina refrigerada apagada... todo muy destartalado.



Nos acomodaron en una mesa después de una larga espera en la barra de la entrada, ya que había dos camareros para toda la sala y no demasiados hábiles, por cierto. Una vez en la mesa nos encontramos con manteles y servilletas de papel y tenedores de tres puntas.
 Era domingo y optamos por un menú "especial" que no incluía postre y que costaba 13.50 euros. Para los primeros pedimos revuelto de setas con gambas y surtido de ibéricos, queso y croquetas. Las setas tenían toda la pinta de ser congeladas tipo Mercadona por el tamaño, la textura, el agua que soltaban y la falta absoluta de sabor. Ni sabían a ajo, ni a gambas ni mucho menos, a seta. El surtido de ibéricos se componía de dos rodajas de chorizo, dos rodajas de salchichón y dos de lomo. El chorizo y el salchichón estaban aceptables de sabor y curación, el lomo era cabecero y y ni por asomo ibérico, además de que estaba frío y tenía la sal por fuera de haberlo sacado de la nevera. Acompañaban a los embutidos una bola de ensaladilla regada con reducción de balsámico para acabar con cualquier matiz de sabor; y dos trozos de queso curado que resultaron lo mejor del plato. Las dos croquetas congeladas, infames.




 Entre los segundos platos, había presa ibérica, entrecot, solomillo, bacalao y albondigas. Aunque a la hora de pedir, el camarero nos indicó que no quedaba presa (nuestra opción) ni "almóndigas". Visto lo cual, optamos por solomillo y entrecot, dos clásicos.
 El entrecot, tratándose de un menú, tenía buen tamaño y aunque el camarero no preguntó por cómo queríamos la carne, acertó con el punto. La carne aunque tierna, tenía un exceso de cartílago y grasa no sabemos si achacable al carnicero. Lo acompañaban unas patatas que mas eran hervidas que "panaderas", sosas y con exceso de hierbas.


El solomillo iba sobre una cama de patatas panaderas y una salsa de setas a todas luces de sobre. Resultó anodino y no le hacían ningún favor las patatas "panaderas" y la susodicha salsa de setas con pinta también de Mercadona.


 No tomamos postre porque no lo incluía el menú y porque estábamos un poco cansados de la espera entre plato y plato. Además de que empezaba a notarse frío en la sala por su tamaño y por la puerta abierta de la entrada.

 Resumiendo: para no volver.